LA CIENCIA ENCUENTRA A DIOS


 

Por Ariel A. Roth

Los dignatarios de la intelectualidad mundial quedaron conmocionados. ¡No era posible que fuera verdad lo que habían oído! El 9 de diciembre de 2004, la Associated Press trajo la primicia: el renombrado filósofo británico Antony Flew, que venía encabezando la causa del ateísmo por más de medio siglo, había cambiado de idea y decidido que tiene que haber un Dios. Esta noticia impactante se difundió por todo el mundo. Flew había asumido una postura contraria al comportamiento secularizado predominante en la mayoría de los círculos académicos.

El vuelco dramático en la posición de Flew, que había ocurrido el año anterior, no se debía a que se hubiera convertido a alguna de las religiones tradicionales. Flew cree sólo en un Dios que tuvo que originar lo que observamos en el universo, no en el Dios que se haya revelado, por ejemplo, mediante la Biblia. Sin embargo, sus comentarios parecen abiertos a la posibilidad de que Dios pudiera revelarse de esa manera.

Antony Flew es famoso. Ha escrito dos docenas de libros sobre filosofía y se lo había llamado el filósofo ateo más influyente. ¿Por qué este pensador se contradecía ahora y declaraba que tiene que haber un Dios? La respuesta es sencilla: debido a los datos que examina la ciencia. La ciencia que ahora descarta a Dios como explicación del mundo natural está encontrando evidencias cada vez más convincentes sobre la existencia de Dios. En una entrevista, Flew declaró: “Pienso que los argumentos más impresionantes en favor de la existencia de Dios son los que se apoyan en los descubrimientos científicos recientes”. De especial interés para Flew es el modelo del “Big Bang” para explicar el origen del universo y la precisión que necesitan las fuerzas identificadas por la física para hacer que exista la materia.

También lo impresionan los hallazgos en el mundo biológico. La vida es muy compleja, y Flew se refiere especialmente al “poder reproductivo de los seres vivientes”, para el cual los evolucionistas no tienen explicación. Comenta además que “ahora me parece que los hallazgos de más de cincuenta años de investigación en el ADN nos proporcionan un argumento renovado y enormemente poderoso en favor de un diseño”. Con esto último, da a entender que existen evidencias de un Diseñador, a saber, Dios. Flew estuvo dispuesto a abandonar la filosofía mecanicista (anti-sobrenaturalista) —que es predominante pero restrictiva, porque excluye a Dios— y prestar atención a los datos provenientes del mundo natural, que indican la necesidad de un Dios. En las propias palabras de Flew, tuvo que “ir hacia donde conducía la evidencia”.

Un universo bien afinado

Muchos datos indican que el universo tenía que ser exactamente tal como es; de lo contrario su existencia, y especialmente la vida que contiene, no sería posible. El cosmólogo Hugh Ross enumera 45 características físicas del universo que tienen que estar bien a punto. Nuestro fiel Sol constituye un buen ejemplo. Sin él la vida sobre la tierra no sería posible, porque su superficie estaría insoportablemente helada. Necesitamos la luz solar para que las plantas tengan la energía que mantiene la vida a través de la cadena de alimentación. El Sol provee energía fusionando hidrógeno para producir helio. Este complejo proceso que libera energía es el mismo del de una explosión de bomba H, de modo que podemos considerar al Sol como una bomba de hidrógeno cuya explosión es cuidadosamente controlada. No prestamos mayor atención al Sol y raras veces apreciamos su fidelidad al hacer posible día tras día la vida, lo que ha estado haciendo con regularidad durante un tiempo muy largo. No hay mucho margen para variación en lo que encontramos. Por ejemplo, si la Tierra estuviera sólo un 5% más cerca o nada más que un 1% más lejos del Sol de lo que está, toda la vida del planeta sería eliminada.

La medida exacta de las cuatro fuerzas básicas de la física es uno de los argumentos científicos más fuertes en favor de la existencia de Dios. ¿Cómo podrían estas fuerzas tener los valores exactos que tienen, y los precisos campos de acción en los que se ejercen, sólo por casualidad? Una Mente maestra parece necesaria para planear todo esto. Las cuatro fuerzas básicas son la atracción nuclear fuerte, la débil, la fuerza electromagnética y la gravedad. Algunas, tales como la atracción nuclear fuerte, son muy poderosas, pero afortunadamente actúan sólo dentro del núcleo de los átomos, o de lo contrario todo en el universo se conglomeraría. Otras, por el contrario, tales como la gravedad, son muy débiles, pero actúan a distancias enormes, manteniendo el sistema solar y las galaxias en equilibrio.

Los cálculos y experimentos indican que un cambio de unos pocos puntos de porcentaje en la constante básica de cualquiera de estas fuerzas causaría la destrucción del universo entero. Además, la relación entre algunas de estas fuerzas tiene que ser extraordinariamente precisa. Refiriéndose a la gravedad y la fuerza electromagnética, el físico Paul Davies comenta: “Los cálculos muestran que los cambios en la intensidad de cualquiera de estas dos fuerzas en sólo una parte en 1040 implicaría un desastre para estrellas tales como el sol”. Esto significa que uno necesita una precisión equivalente a una parte entre 10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. Tal precisión indica que el azar es extraordinariamente improbable, y se desvanece en la insignificancia cuando se combina con otras improbabilidades también presentes. Matemáticamente, cuando se combinan improbabilidades hay que multiplicarlas, lo que conduce a cifras extremadamente improbables para los hallazgos de la ciencia.

El físico matemático Roger Penrose, de la Universidad de Oxford, hizo estos cálculos y encontró que la precisión necesaria para la existencia del universo toleraba sólo una desviación de una parte entre un número escrito con un 1 seguido de 10123 ceros. Esta es una probabilidad extremadamente baja. Si uno trata de representar este número colocando, después del 1, un cero en cada átomo del universo, se le acabarían los átomos muy pronto.

¿Cómo se originó la vida?

El problema más desconcertante que enfrenta la evolución es el origen de la vida. Tras un siglo de buscar y proponer diferentes escenarios todavía no ha surgido un modelo plausible. Este problema es hoy mucho más agudo que hace algunas décadas, porque estamos descubriendo dentro de los seres vivos más sistemas que son complejos y que no funcionan a menos que varias otras partes estén presentes. Un investigador ha propuesto llamar complejidad irreductible a esta realidad, que constituye un serio obstáculo para un proceso evolutivo gradual, porque no tiene valor evolutivo de supervivencia hasta que todas la partes necesarias estén presentes. Ocurre que la mayor parte de los sistemas biológicos son de este tipo, lo que pareciera indicar que Dios es un factor esencial para el origen de cualquier tipo de vida.

La forma más simple de vida independiente que conocemos hoy es un pequeño microbio llamado mycoplasma. Los virus, que son mucho más simples, no reúnen condiciones para representar la primera forma de vida que evolucionó en la tierra porque no pueden reproducirse por sí mismos, sino que son reproducidos por las células en las que se introducen. Pero el pequeño mycoplasma no es tan simple; de hecho, es increíblemente complejo. Su ADN contiene más de medio millón de segmentos de información que, a través del código genético, dictan la fórmula de 500 moléculas de proteína diferentes que realizan una multitud de funciones químicas específicas en el microbio.

La producción de sólo un tipo de proteína con la configuración necesaria para la función apropiada es algo increíblemente complejo y difícil. A menudo están implicados centenares de aminoácidos vinculados unos con otros, y no hay mucho margen de variación si se quiere que la proteína funcione correctamente. El biólogo molecular Herbert Yockey, de la Universidad de California en Berkeley, ha estimado cuánto tiempo llevaría producir una clase específica de proteína en la tierra antes de la aparición de la vida. Asume que esto podría ocurrir en cualquiera de los océanos de la tierra, y también asume que estos océanos ya estarían bien provistos de los aminoácidos. Sus cálculos indican que llevaría 1023 años producir una proteína determinada. Para decirlo de otro modo, los cinco mil millones de años que los geólogos asignan a la tierra son sólo una diez billonésima parte (una parte en diez millones de millones) del tiempo necesario para que se produjera así una molécula determinada de proteína.

Ahora bien, para que haya vida se necesitan muchos tipos diferentes de moléculas de proteína específicas, todas juntas al mismo tiempo en el mismo punto. Las moléculas de proteína son delicadas, así que para cuando uno podría esperar que aparezca un segundo tipo de proteína, el primer tipo se habría desintegrado ya mucho tiempo antes, lo que hace que el origen espontáneo de la vida sea prácticamente imposible. Pero las proteínas son sólo el primero de los problemas para que la vida evolucione por sí misma. El ADN es mucho más complejo que las proteínas, y en las células hace falta ADN para producir proteínas, ¡y proteínas para producir ADN! Para que haya vida se necesitan ambos, y hacer que cualquiera de ellos surja por evolución no nos dará el valor de supervivencia que es necesario para que el proceso evolutivo tenga éxito. Se necesitan también muchas otras moléculas tales como lípidos y carbohidratos, además de diversas estructuras especializadas que se encuentran en las células vivas. ¿Cómo se produce un código genético complejo mediante cambios evolutivos al azar? El código es por sí mismo inútil hasta que el ADN que lo dicta y las moléculas especializadas que lo leen hablen el mismo lenguaje.

Aunque uno pudiera hacer surgir por evolución la primerísima vida en la tierra, tal organismo desaparecería a menos de que pudiera reproducirse. La reproducción es una de las características cardinales de los organismos vivientes, pero es increíblemente compleja. En la reproducción uno tiene que duplicar todas las partes de la célula o de lo contrario el nuevo organismo no podrá sobrevivir. A veces el proceso es bastante sofisticado. Por ejemplo, cuando se hacen copias del ADN para una nueva célula u organismo, pueden ocurrir errores al copiarse la información. Estos errores son lo suficientemente comunes como para que la vida no sea posible a no ser por un sistema de corrección de copias. En la célula hay un juego de proteínas que controla el nuevo ADN que se ha producido, y si se ha deslizado un error de copia, se lo elimina y reemplaza con la versión correcta. En los organismos avanzados la complejidad es todavía más abundante. Hay que tener en cuenta órganos como el ojo, con su complicado sistema de acomodación, y el cerebro, con sus 100 billones (millones de millones) de conexiones. A lo largo de todo el proceso evolutivo, se necesitan muchos miles de nuevos tipos de proteínas. Pero al presente, los miles de millones de años que se proponen para la evolución resultan demasiado cortos para producir siquiera una molécula específica de proteína. Dios parece, entonces, absolutamente indispensable.

Una paradoja

En vista de tal evidencia abrumadora en favor de la necesidad de un Dios, ¿cómo es que los investigadores no lo están proclamando? En un bando, encontramos a un buen número de científicos tratando fervientemente de demostrar cómo la vida pudo haber surgido por sí misma. Algunos aseveran que todo este afinamiento preciso que se observa en el universo es simplemente un caso de buena suerte repetido varias veces. En otro grupo, hay muchos científicos que creen en Dios, pero mantienen silencio cuando se discute la cuestión de su existencia. Como resultado, se excluye a Dios de los periódicos científicos y los libros de texto de ciencia. Tal como se la practica en la actualidad, la ciencia es una extraña combinación de la búsqueda de verdad en la naturaleza, por un lado, con una filosofía secular que excluye a Dios, por otro. La comunidad científica de hoy está tan comprometida con el materialismo (mecanicismo o anti-sobrenaturalismo) que se considera anticientífico incluir a Dios como factor explicativo en asuntos científicos. Esto contradice la imagen usual de la ciencia como una búsqueda abierta de la verdad que sigue los datos del mundo natural dondequiera que nos lleven. Este fuerte secularismo de la ciencia existe a pesar de que el 40% de los científicos de los Estados Unidos cree en un Dios que contesta sus oraciones, frente al 45% que no cree tal cosa, y otro 15% que no está seguro. Pareciera, por lo tanto, que lo que los investigadores creen y lo que publican cuando asumen la pose del científico puede ser muy diferente.

En el pasado, la ciencia no era una filosofía secularista. Algunos de los científicos más importantes de todos los tiempos, como Sir Isaac Newton, incluian a Dios en sus explicaciones sobre la naturaleza. Otros científicos de primer orden que ayudaron a establecer los fundamentos de la ciencia moderna, tales como Kepler, Boyle, Galileo, Lineo y Pascal, creían en un Dios activo en la naturaleza, y ocasionalmente se referían a Dios en sus escritos científicos. No veían conflicto entre la existencia de Dios y sus descubrimientos porque creían que él había establecido las leyes y la regularidad de la naturaleza que hacen posibles los estudios científicos. Ahora, por el contrario, se da por sentado que hay que tratar de demostrar todo en forma materialista sin tomar en cuenta la existencia de Dios.

Es necesario recordar que, a través de los siglos, los esquemas mentales han cambiado dramáticamente. Las prioridades intelectuales de la antigüedad diferían de las de la edad media, y estas últimas de las de nuestra actual edad científica. Podemos esperar cambios fundamentales en el futuro. Una de las cosas más importantes que podemos aprender en esta edad científica es que hay buena ciencia y mala ciencia. Descubrir la intensidad de las fuerzas de la física es buena ciencia. Describir el fósil Archaeoraptor como intermediario evolutivo entre los dinosaurios y las aves es mala ciencia. El fósil resultó ser un collage de partes diversas. Un coleccionista de fósiles había unido tan habilidosamente la cola de un dinosaurio al cuerpo de un pájaro que logró engañar a buen número de científicos que estaban ansiosos por demostrar que las aves surgieron por evolución de los dinosaurios. Es importante aprender y practicar la buena ciencia, pero no queremos que nos engañe la mala ciencia.

¿Cómo podemos distinguir la buena ciencia de la mala? Desafortunadamente, no siempre se puede confiar en lo que dicen los científicos. Por ejemplo, si el estudio de la naturaleza revela que un Dios inteligente parece indispensable para explicar las complejidades que se encuentran, algunos investigadores pueden ceder al comportamiento social secularizado y a las presiones sociales de sus colegas para no dar a conocer estos hechos. Tal tendenciosidad requiere que hurguemos más profundamente en las cuestiones para tratar de encontrar qué es lo que realmente está pasando. Esto puede ser laborioso y muchos no tienen el tiempo necesario, pero por lo menos pueden ejercer cautela en cuanto a aceptar los pronunciamientos de los científicos. Cuando se tiene la oportunidad de estudiar un tópico en profundidad, conviene tener en cuenta algunas de las características de una conclusión científica sólida: (1) concuerda con toda la información disponible; (2) puede ser sometida a prueba, especialmente con experimentos repetibles, y puede ser descartada por los resultados; (3) es capaz de predecir resultados no conocidos todavía; y (4) no tiene un fin meramente polémico. Muchos investigadores no se dan cuenta de cuán difícil es demostrar un hecho científico, y desafortunadamente mucho de lo que se publica en el campo de las ciencias es especulativo.

Conclusión

En suma, la precisión que se observa en el universo y la complejidad manifiesta en los seres vivos indican la necesidad de la existencia de un Dios Creador. Esto es lo que convenció a Antony Flew. Dios parece indispensable para explicar lo que ha hallado la ciencia. Las observaciones sobre las fuerzas de la física, las proteínas y el ADN son todas repetibles y por tanto suministran evidencias de alto nivel científico en favor de Dios. Desafortunadamente, la ideología secularista de la ciencia contemporánea es tan fuerte que la idea de un Diseñador es en general rechazada hoy por la comunidad científica. Este rechazo se basa en factores personales y sociales, y no en datos científicos.

 


Ariel A. Roth (Ph.D., University of Michigan) es el ex-director del Instituto de Investigación en Geociencia y director del periódico Origins. Ha publicado más de 150 artículos en periódicos científicos y de interés general. Su libro reciente, Origins: Linking Science and Scripture ha sido traducido a 13 idiomas.

 

Fuente del artículo: http://dialogue.adventist.org/es/1230/la-ciencia-encuentra-a-dios