HUMANOS Y CHIMPANCÉS SON 99,4% IDÉNTICOS… ¿O NO?


Por Timothy G. Standish (PhD, Environmental Biology and Public Policy, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)


 

Recientemente los autobuses urbanos de mi barrio aparecieron llevando un llamativo anuncio en sus laterales: en grandes letras proclamaban que los humanos y los chimpancés son idénticos en un 98%. Cuando una campaña publicitaria utiliza datos estadísticos tan aparentemente precisos como este, las cifras se graban rápidamente en la mente de todo el público, desde los niños a los ancianos. Pero, ¿de dónde salen esos datos? Y ¿qué significan realmente?

Muchos números, poca precisión Incluso una revisión superficial de los porcentajes propuestos para la similitud entre seres humanos y chimpancés revela rápidamente que cualquier percepción de precisión es meramente ilusoria. El 98% aparece con frecuencia  pero así mismo lo hacen otras cifras. Por ejemplo, también aparece publicado el 99,4%, que suena más preciso y acerca aún más a chimpancés y humanos.

Un artículo del año 2000 que comparó fragmentos del genoma de ambas especies sugirió que son idénticos en un 98,77%, pero publicaciones posteriores redujeron la estimación a un 95%. Cuando en 2005 se publicó el primer borrador más o menos completo del genoma del chimpancé, la conclusión fue que la similitud con el genoma humano era de un 96%. A pesar de que esa estimación era significativamente inferior que algunas anteriores, la cifra llevó al primatólogo Frans de Waal de la Universidad Emory a declarar: “Darwin no estaba siendo simplemente provocativo al afirmar que descendemos de los simios—se quedó corto. Somos simios en todo los aspectos, desde los largos brazos y la ausencia de cola hasta nuestros hábitos y temperamento.” Hay quien afirma que Darwin nunca dijo que los humanos descienden de los simios pero eso no es cierto. En su libro The Descent of Man (El Origen del Hombre), Darwin dedica el capítulo 6 completo, titulado “Sobre las afinidades y la genealogía del hombre,” a construir el argumento de que los humanos somos primates y por lo tanto, igual que el resto de los primates, descendemos del ancestro común de todos los primates, que también era un primate. Uno de los mayores partidarios de Darwin, Thomas Henry Huxley, había ya publicado ese argumento en 1863, solo cuatro años después de la publicación de El Origen de las Especies y mucho antes de que Darwin publicara El Origen del Hombre.

“Homología”, darwinismo y creación

Dentro del marco del pensamiento darwinista las similitudes entre los organismos, a menudo llamadas homologías, se usan como evidencia de un ancestro común. Así, dos organismos que tienen más cosas en común entre ellos que con un tercero son considerados como parientes más cercanos (con un ancestro común más reciente). Por ejemplo, las ranas y las vacas tienen ojos tipo cámara, cuatro patas y otros muchos rasgos en común de los que carecen las lombrices de tierra. Entonces, según el razonamiento darwinista, las ranas y las vacas tienen un ancestro común más reciente que cualquiera de ellas con las lombrices. Cuando hablamos de ADN, la lógica es la misma: el hecho de que los chimpancés y los humanos tengan más similitud en sus secuencias de ADN que cualquiera de ellos con otros organismos se considera una confirmación poderosa de las ideas de Darwin. Pero resulta que el ADN añade un aspecto importante al tema: se trata del material genético que pasa de padres a hijos. Visto desde una perspectiva creacionista la similitud entre el ADN de humanos y chimpancés no es en absoluto sorprendente. De todos los animales, los chimpancés y los gorilas son claramente los que más se parecen a los humanos. Resultaría realmente extraño descubrir que el Creador regresó a la pizarra e inventó un código completamente diferente para los chimpancés. Eso sería ilógico, algo así como sabiendo lo parecidos que son el Toyota Camry y el Toyota Corolla, predecir que los planos de ambos vehículos deben ser completamente diferentes. Los simios se parecen más a los humanos que las vacas porque, entre otras cosas, su ADN es más parecido al de los humanos que el de las vacas. Así pues, la similitud entre el ADN de humanos y chimpancés es exactamente la que tanto evolucionistas como creacionistas esperarían, pero algunos darwinistas actúan como si de algún modo, esa similitud fuera una prueba a favor de la evolución darwiniana y en contra de la creación bíblica.

Pequeños cambios, grandes diferencias

Aunque la analogía del ADN con el lenguaje no es perfecta, existe suficiente parecido en la forma como el ADN y el alfabeto español codifican información para poder ilustrar con ejemplos de oraciones los problemas inherentes a la medición de cuán similares son dos secuencias de ADN. Recordemos que el ADN se escribe con “letras moleculares” llamadas bases. En el alfabeto del ADN solo hay 4 letras, que se abrevian como A, T, G and C. Ahora, imaginemos dos secuencias de ADN:

1)  GAATGC                    2)  TAATGA

Hay un total de seis letras en cada secuencia, y las secuencias 1 y 2 sólo difieren en dos bases, la primera y la última. Si comparamos solo el número de letras en común, estas secuencias serían idénticas en 2/3, o en un 67 %. Un ejemplo similar en español son las palabras “pan” y “van”, que también son idénticas en un 67 % si sólo consideramos sus letras, pero cuyos significados son completamente diferentes. En el ejemplo anterior, si esas dos secuencias de ADN fueran parte de un gen que codifica para una proteína, sus significados serían completamente distintos. En la codificación de proteínas, el ADN usa palabras llamadas codones; todos los codones tienen tres letras de longitud. Cada codón codifica para un aminoácido (las proteínas son cadenas de aminoácidos en un orden específico, unidos por enlaces peptídicos). En este caso particular, GAA en la secuencia 1 significa el aminoácido ácido glutámico (glutamato) y TGC significa un aminoácido muy distinto llamado cisteína. Los codones de la segunda secuencia, TAA and TGA, aunque solo difieren en una base cada uno con respecto a los codones presentes en la secuencia 1, tienen significados completamente distintos. De hecho, no codifican para ningún aminoácido. Estos codones se llaman codones de finalización porque corresponden a los puntos de final de oración, señalando donde termina la secuencia codificante de una proteína. Como hemos podido comprobar, igual que sucede con muchos idiomas, cambios relativamente pequeños en el ADN pueden implicar grandes diferencias. A veces simplemente cambiando una letra de sitio en una palabra el resultado es completamente diferente. En el ADN los codones GGU y UGG codifican aminoácidos pero el primero codifica para el aminoácido más simple, glicina, mientras que el segundo codifica para triptófano, uno de los aminoácidos más grandes y complejos. Un ejemplo en español sería desplazar la letra “c” de la palabra “creación”, dando lugar a una palabra con un significado completamente diferente: “reacción”. Veamos un ejemplo de dos secuencias de ADN que difieren en menos de un 1% y dan lugar a productos muy diferentes:

En cada una de estas secuencias hay 444 bases y sólo se diferencian en una, situada en la posición 20 y señalada en negrita. Así, la diferencia entre estas secuencias es de un 0,225 % y por lo tanto son idénticas en un 99,775%. A pesar de eso la primera secuencia codifica una de las proteínas normales de la hemoglobina humana mientras que la segunda codifica una proteína anormal que provoca anemia falciforme, una grave enfermedad genética. Aunque no todos los cambios de esa magnitud tienen un impacto tan grande (de hecho el código genético está diseñado de una manera brillante que permite minimizar el impacto de pequeños cambios como éste), esta ilustración muestra que diferencias muy pequeñas en la secuencia genética pueden repercutir, y de hecho lo hacen, en diferencias notables en los organismos.

Cuantificando semejanzas y diferencias

¿Cómo se puede realmente determinar si dos secuencias genéticas son esencialmente iguales o totalmente diferentes? Parece obvio que a la hora de establecer la similitud o diferencia entre dos documentos, fijarse solamente en las letras individuales resultaría de poca utilidad. Las mismas letras del alfabeto se usan para escribir la Biblia Reina Valera y El Origen de las Especies. En el caso del ADN, las mismas bases que codifican la información genética en los seres humanos codifican igualmente la información de las diminutas bacterias E. coli que viven en el interior de nuestro intestino.

Cuando comparamos libros, estos pueden contener muchas palabras en común pero transmitir mensajes muy diferentes. Cuando comparamos organismos, los codones individuales que codifican para aminoácidos pueden ser iguales y aún así dar lugar a organismos distintos. Algo muy importante a tener en cuenta cuando se comparan secuencias de ADN es la longitud de dichas secuencias, así como el “tipo” de ADN al que corresponden. Aunque la creencia general es que la misión principal del ADN es codificar proteínas, lo cierto es que sólo un 3 % del ADN humano tiene esa función. En el pasado se pensaba que el 97% restante eran residuos del proceso evolutivo – básicamente ADN “basura” afuncional. Más recientemente se ha descubierto que una gran parte de ese ADN no codificante sirve para regular la producción de proteínas por parte de las regiones codificantes y que algunas secuencias participan en otras funciones vitales. Dentro del genoma de humanos y chimpancés mucho de este ADN no codificante se encuentra en forma de secuencias repetitivas. La importancia de este tipo de secuencias es difícil de evaluar ya que presentan desafíos importantes a las técnicas modernas de secuenciación. Así, aunque decimos que el genoma humano se ha secuenciado completamente, en realidad no se ha secuenciado al 100%. Las secuencias repetitivas son difíciles de secuenciar y como se ha asumido que son poco importantes, éstas se han ignorado en algunos cálculos. Por ejemplo, en los estudios que dieron una similitud del 98% entre humanos y chimpancés, el ADN repetitivo se eliminó antes de hacer la comparación. Esto es más o menos análogo a comparar las palabras de dos libros después de eliminar las palabras más frecuentes en español, algo que evidentemente podría causar un sesgo importante en cualquier comparación estadística. En el caso de las comparaciones entre genomas, esta práctica podría haber aumentado la aparente similitud, ya que las regiones codificantes de ADN suelen ser más similares entre distintos organismos que las regiones no codificantes. Un aspecto que complica aún más las cosas cuando se realizan comparaciones entre genomas de diferentes organismos es que las diferencias no parecen estar distribuidas al azar sino concentradas en determinadas regiones. Por ejemplo, el genoma de humanos y chimpancés presenta tal variación en la forma como están distribuidas las diferencias que se ha sugerido que estos organismos evolucionaron separadamente hasta convertirse en especies diferentes, que estuvieron separadas durante varios millones de años, que hace aproximadamente 6,3 millones de años se juntaron de nuevo, y que después se volvieron a separar. Esta variación en la cantidad de diferencias no se observa sólo a nivel del ADN en general sino también en genes específicos que codifican proteínas específicas. Por ejemplo, se sabe que numerosos genes que afectan el desarrollo del sistema nervioso son más distintos entre sí que el promedio de las diferencias entre humanos y chimpancés. Los darwinistas atribuyen esto a que dichos genes han sufrido “selección positiva”, pero no está claro por qué la selección positiva afectaría a los genes relacionados con la inteligencia en los antepasados de los humanos y no en los antepasados de los chimpancés. Es difícil imaginar que la inteligencia fuera adaptativa sólo para los humanos y sus ancestros. Por otro lado, las variaciones en el grado de diferencia entre los genomas no se observan únicamente en genes individuales o en partes de algunos cromosomas. La diferencia entre los cromosomas X de humanos y chimpancés es sorprendentemente pequeña si la comparamos con las diferencias que existen entre otros cromosomas y el mecanismo por el cual la selección natural podría causar algo así no resulta obvio, por lo que es necesario inventar retorcidas historias ad hoc para hacer encajar esta observación con las expectativas darwinianas.

Construir cosas diferentes utilizando partes similares

Existe una diferencia profunda en la forma cómo funcionan los genomas de humanos y chimpancés, y ésa puede ser la causa principal de por qué no producen organismos idénticos. Comprender esto requiere entender el papel de las proteínas en los seres vivos de una manera ligeramente distinta. El ADN codifica proteínas de forma parecida a como un libro de instrucciones define el tipo de tornillos y otros componentes que deben usarse en una máquina. Los mismos componentes se pueden combinar de maneras muy diferentes para fabricar distintos tipos de máquinas. Por ejemplo, si se perdiera el tornillo que mantiene unidas las dos partes de unas tijeras sería posible remplazarlo por otro tipo de tornillo. También es posible desmontar una máquina y usar sus partes, u otras muy similares, para fabricar un aparato completamente distinto. Por ejemplo, la ballesta de un automóvil, junto con algunos cables y tornillos, se podría usar para fabricar un arma (también llamada ballesta) funcional. ¿Qué tiene todo esto que ver con el genoma de humanos y chimpancés? Aunque resulta tentador atribuir las diferencias entre humanos y chimpancés a la diferencia entre sus respectivas proteínas, lo más probable es que las principales diferencias se deban a la manera como esas proteínas se combinan y se usan para dar lugar a los dos tipos de organismos. Esto es exactamente lo que se observa cuando se producen proteínas individuales a partir de información procedente del genoma de humanos o de chimpancés. Resulta que los genes se expresan de maneras muy diferentes en los diferentes primates, incluyendo humanos y chimpancés. Estas diferencias en la expresión génica parecen estar relacionadas con un subtipo de proteínas llamadas “factores de transcripción.” No debería sorprendernos el hecho de que los darwinistas atribuyan estas diferencias a la “selección positiva.”

No se trata solamente de que las proteínas se combinen de maneras diferentes para dar lugar a distintos tipos de criaturas; en el caso de humanos y chimpancés los genomas en sí mismos están organizados de manera diferente. Por ejemplo, durante la reproducción sexual, el ADN de los padres se mezcla de manera parecida a como se barajan las cartas para dar lugar a cromosomas únicos que pasaran a formar parte de los espermatozoides y los óvulos, y finalmente pasarán a la descendencia de la pareja. Cuando esto ocurre el ADN tiene que físicamente romperse en fragmentos y volver a unirse después. Se trata de un proceso complejo que no ocurre en cualquier localización al azar. Los lugares de corte que dan lugar a nuevas combinaciones de genes (recombinación) son distintos en los cromosomas de chimpancé y en los cromosomas humanos.

Resumen y advertencia

Así pues, ¿somos los seres humanos y los chimpancés básicamente idénticos? La respuesta dependerá en gran manera de las premisas filosóficas de quien se plantea la pregunta. Los porcentajes publicados respecto a la similitud entre los genomas de humanos y chimpancés carecen de precisión. Además, la forma en el que se interpretan los genomas impacta de manera profunda las conclusiones a las que se llega. Por último, la forma en la que la información codificada en el ADN se traduce en forma de proteínas y finalmente en seres vivos es muy diferente entre humanos y simios. Si se desea, se puede construir un argumento sólido destacando las profundas diferencias que existen entre el ADN de humanos y chimpancés. Por otro lado, es importante destacar que a medida que se publican más estudios sobre este tema, las diferencias parecen ser más importantes de lo que se creía hace apenas unos años. Sería absurdo, sin embargo, sugerir que los chimpancés no son más similares a los seres humanos que las ranas, los peces, las moscas o los pinzones. En cualquier conjunto de cosas, o de criaturas, algunas deben tener más aspectos en común que otras. La pregunta importante es qué conclusión debemos sacar de la presencia de tales similitudes y diferencias. Hay otro aspecto que debería servir como advertencia para todos aquellos que se precipitan en extraer y proclamar conclusiones favorables a su postura. Se trata de la manera imprudente en la que tanto darwinistas como creacionistas han usado los datos para defender sus ideas en el pasado. Por ejemplo, Uriah Smith afirmó en la portada de la Review and Herald que “Los naturalistas afirman que la línea que separa las razas humana y animal es imprecisa. Según ellos es imposible delimitar de manera precisa donde acaba lo humano y empieza lo animal.” Esta línea de razonamiento se puede encontrar también en afirmaciones posteriores como ésta de Dores Robinson, ayudante de Ellen G. White, quien escribió, “Cualquiera que observe al chimpancé, al gorila o al orangután no encuentra dificultad en creer que tengan un antepasado común con la raza humana… Resulta bastante más razonable creer que los simios descienden del hombre. . .” Por otro lado, al menos un darwinista, basándose en su comprensión del 98% de similitud, ha propuesto la espeluznante posibilidad de crear quimeras humano-chimpancé, “porque en estos días oscuros de anti-evolucionismo ignorante, con fundamentalistas religiosos ocupando la Casa Blanca, controlando el congreso e intentando tergiversar la enseñanza de la ciencia en nuestras escuelas, una dosis potente de realidad biológica resultaría de hecho saludable. Y ese es precisamente el mensaje que quimeras, híbridos o clones mixtos de ambas especies transmitirían de manera poderosa.” La Biblia es explícita acerca del lugar especial que ocupa la humanidad en la creación, “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” A causa de su propia naturaleza y porque “ahora vemos por espejo, oscuramente”, la ciencia no puede darnos respuestas definitivas acerca de la naturaleza de la humanidad, ya que sus conclusiones son siempre provisionales y sujetas al filtro filosófico a través del cual se observan los datos. A pesar de esas limitaciones es interesante destacar que existe una tendencia, evidente en numerosas áreas científicas de vanguardia: a medida que aumenta el conocimiento y se acumulan nuevos datos, las audaces afirmaciones del pasado que parecían contradecir la visión bíblica se están empezando a cuestionar mientras que las ideas consistentes con la visión bíblica parecen cada vez más sostenibles.

 

Fuente del artículo: http://grisda.org/espanol/ciencia-de-los-origenes/ciencia-2015-2019/ciencia-de-los-origenes-dec-2016/humanos-y-chimpances-son-994-identicos-o-no/

HUMANOS Y CHIMPANCÉS SON 99,4% IDÉNTICOS… ¿O NO?


Por Timothy G. Standish (PhD, Environmental Biology and Public Policy, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)


 

Recientemente los autobuses urbanos de mi barrio aparecieron llevando un llamativo anuncio en sus laterales: en grandes letras proclamaban que los humanos y los chimpancés son idénticos en un 98%. Cuando una campaña publicitaria utiliza datos estadísticos tan aparentemente precisos como este, las cifras se graban rápidamente en la mente de todo el público, desde los niños a los ancianos. Pero, ¿de dónde salen esos datos? Y ¿qué significan realmente?

Muchos números, poca precisión Incluso una revisión superficial de los porcentajes propuestos para la similitud entre seres humanos y chimpancés revela rápidamente que cualquier percepción de precisión es meramente ilusoria. El 98% aparece con frecuencia  pero así mismo lo hacen otras cifras. Por ejemplo, también aparece publicado el 99,4%, que suena más preciso y acerca aún más a chimpancés y humanos.

Un artículo del año 2000 que comparó fragmentos del genoma de ambas especies sugirió que son idénticos en un 98,77%, pero publicaciones posteriores redujeron la estimación a un 95%. Cuando en 2005 se publicó el primer borrador más o menos completo del genoma del chimpancé, la conclusión fue que la similitud con el genoma humano era de un 96%. A pesar de que esa estimación era significativamente inferior que algunas anteriores, la cifra llevó al primatólogo Frans de Waal de la Universidad Emory a declarar: “Darwin no estaba siendo simplemente provocativo al afirmar que descendemos de los simios—se quedó corto. Somos simios en todo los aspectos, desde los largos brazos y la ausencia de cola hasta nuestros hábitos y temperamento.” Hay quien afirma que Darwin nunca dijo que los humanos descienden de los simios pero eso no es cierto. En su libro The Descent of Man (El Origen del Hombre), Darwin dedica el capítulo 6 completo, titulado “Sobre las afinidades y la genealogía del hombre,” a construir el argumento de que los humanos somos primates y por lo tanto, igual que el resto de los primates, descendemos del ancestro común de todos los primates, que también era un primate. Uno de los mayores partidarios de Darwin, Thomas Henry Huxley, había ya publicado ese argumento en 1863, solo cuatro años después de la publicación de El Origen de las Especies y mucho antes de que Darwin publicara El Origen del Hombre.

“Homología”, darwinismo y creación

Dentro del marco del pensamiento darwinista las similitudes entre los organismos, a menudo llamadas homologías, se usan como evidencia de un ancestro común. Así, dos organismos que tienen más cosas en común entre ellos que con un tercero son considerados como parientes más cercanos (con un ancestro común más reciente). Por ejemplo, las ranas y las vacas tienen ojos tipo cámara, cuatro patas y otros muchos rasgos en común de los que carecen las lombrices de tierra. Entonces, según el razonamiento darwinista, las ranas y las vacas tienen un ancestro común más reciente que cualquiera de ellas con las lombrices. Cuando hablamos de ADN, la lógica es la misma: el hecho de que los chimpancés y los humanos tengan más similitud en sus secuencias de ADN que cualquiera de ellos con otros organismos se considera una confirmación poderosa de las ideas de Darwin. Pero resulta que el ADN añade un aspecto importante al tema: se trata del material genético que pasa de padres a hijos. Visto desde una perspectiva creacionista la similitud entre el ADN de humanos y chimpancés no es en absoluto sorprendente. De todos los animales, los chimpancés y los gorilas son claramente los que más se parecen a los humanos. Resultaría realmente extraño descubrir que el Creador regresó a la pizarra e inventó un código completamente diferente para los chimpancés. Eso sería ilógico, algo así como sabiendo lo parecidos que son el Toyota Camry y el Toyota Corolla, predecir que los planos de ambos vehículos deben ser completamente diferentes. Los simios se parecen más a los humanos que las vacas porque, entre otras cosas, su ADN es más parecido al de los humanos que el de las vacas. Así pues, la similitud entre el ADN de humanos y chimpancés es exactamente la que tanto evolucionistas como creacionistas esperarían, pero algunos darwinistas actúan como si de algún modo, esa similitud fuera una prueba a favor de la evolución darwiniana y en contra de la creación bíblica.

Pequeños cambios, grandes diferencias

Aunque la analogía del ADN con el lenguaje no es perfecta, existe suficiente parecido en la forma como el ADN y el alfabeto español codifican información para poder ilustrar con ejemplos de oraciones los problemas inherentes a la medición de cuán similares son dos secuencias de ADN. Recordemos que el ADN se escribe con “letras moleculares” llamadas bases. En el alfabeto del ADN solo hay 4 letras, que se abrevian como A, T, G and C. Ahora, imaginemos dos secuencias de ADN:

1)  GAATGC            2)  TAATGA

Hay un total de seis letras en cada secuencia, y las secuencias 1 y 2 sólo difieren en dos bases, la primera y la última. Si comparamos solo el número de letras en común, estas secuencias serían idénticas en 2/3, o en un 67 %. Un ejemplo similar en español son las palabras “pan” y “van”, que también son idénticas en un 67 % si sólo consideramos sus letras, pero cuyos significados son completamente diferentes. En el ejemplo anterior, si esas dos secuencias de ADN fueran parte de un gen que codifica para una proteína, sus significados serían completamente distintos. En la codificación de proteínas, el ADN usa palabras llamadas codones; todos los codones tienen tres letras de longitud. Cada codón codifica para un aminoácido (las proteínas son cadenas de aminoácidos en un orden específico, unidos por enlaces peptídicos). En este caso particular, GAA en la secuencia 1 significa el aminoácido ácido glutámico (glutamato) y TGC significa un aminoácido muy distinto llamado cisteína. Los codones de la segunda secuencia, TAA and TGA, aunque solo difieren en una base cada uno con respecto a los codones presentes en la secuencia 1, tienen significados completamente distintos. De hecho, no codifican para ningún aminoácido. Estos codones se llaman codones de finalización porque corresponden a los puntos de final de oración, señalando donde termina la secuencia codificante de una proteína. Como hemos podido comprobar, igual que sucede con muchos idiomas, cambios relativamente pequeños en el ADN pueden implicar grandes diferencias. A veces simplemente cambiando una letra de sitio en una palabra el resultado es completamente diferente. En el ADN los codones GGU y UGG codifican aminoácidos pero el primero codifica para el aminoácido más simple, glicina, mientras que el segundo codifica para triptófano, uno de los aminoácidos más grandes y complejos. Un ejemplo en español sería desplazar la letra “c” de la palabra “creación”, dando lugar a una palabra con un significado completamente diferente: “reacción”. Veamos un ejemplo de dos secuencias de ADN que difieren en menos de un 1% y dan lugar a productos muy diferentes:

En cada una de estas secuencias hay 444 bases y sólo se diferencian en una, situada en la posición 20 y señalada en negrita. Así, la diferencia entre estas secuencias es de un 0,225 % y por lo tanto son idénticas en un 99,775%. A pesar de eso la primera secuencia codifica una de las proteínas normales de la hemoglobina humana mientras que la segunda codifica una proteína anormal que provoca anemia falciforme, una grave enfermedad genética. Aunque no todos los cambios de esa magnitud tienen un impacto tan grande (de hecho el código genético está diseñado de una manera brillante que permite minimizar el impacto de pequeños cambios como éste), esta ilustración muestra que diferencias muy pequeñas en la secuencia genética pueden repercutir, y de hecho lo hacen, en diferencias notables en los organismos.

Cuantificando semejanzas y diferencias

¿Cómo se puede realmente determinar si dos secuencias genéticas son esencialmente iguales o totalmente diferentes? Parece obvio que a la hora de establecer la similitud o diferencia entre dos documentos, fijarse solamente en las letras individuales resultaría de poca utilidad. Las mismas letras del alfabeto se usan para escribir la Biblia Reina Valera y El Origen de las Especies. En el caso del ADN, las mismas bases que codifican la información genética en los seres humanos codifican igualmente la información de las diminutas bacterias E. coli que viven en el interior de nuestro intestino.

Cuando comparamos libros, estos pueden contener muchas palabras en común pero transmitir mensajes muy diferentes. Cuando comparamos organismos, los codones individuales que codifican para aminoácidos pueden ser iguales y aún así dar lugar a organismos distintos. Algo muy importante a tener en cuenta cuando se comparan secuencias de ADN es la longitud de dichas secuencias, así como el “tipo” de ADN al que corresponden. Aunque la creencia general es que la misión principal del ADN es codificar proteínas, lo cierto es que sólo un 3 % del ADN humano tiene esa función. En el pasado se pensaba que el 97% restante eran residuos del proceso evolutivo – básicamente ADN “basura” afuncional. Más recientemente se ha descubierto que una gran parte de ese ADN no codificante sirve para regular la producción de proteínas por parte de las regiones codificantes y que algunas secuencias participan en otras funciones vitales. Dentro del genoma de humanos y chimpancés mucho de este ADN no codificante se encuentra en forma de secuencias repetitivas. La importancia de este tipo de secuencias es difícil de evaluar ya que presentan desafíos importantes a las técnicas modernas de secuenciación. Así, aunque decimos que el genoma humano se ha secuenciado completamente, en realidad no se ha secuenciado al 100%. Las secuencias repetitivas son difíciles de secuenciar y como se ha asumido que son poco importantes, éstas se han ignorado en algunos cálculos. Por ejemplo, en los estudios que dieron una similitud del 98% entre humanos y chimpancés, el ADN repetitivo se eliminó antes de hacer la comparación. Esto es más o menos análogo a comparar las palabras de dos libros después de eliminar las palabras más frecuentes en español, algo que evidentemente podría causar un sesgo importante en cualquier comparación estadística. En el caso de las comparaciones entre genomas, esta práctica podría haber aumentado la aparente similitud, ya que las regiones codificantes de ADN suelen ser más similares entre distintos organismos que las regiones no codificantes. Un aspecto que complica aún más las cosas cuando se realizan comparaciones entre genomas de diferentes organismos es que las diferencias no parecen estar distribuidas al azar sino concentradas en determinadas regiones. Por ejemplo, el genoma de humanos y chimpancés presenta tal variación en la forma como están distribuidas las diferencias que se ha sugerido que estos organismos evolucionaron separadamente hasta convertirse en especies diferentes, que estuvieron separadas durante varios millones de años, que hace aproximadamente 6,3 millones de años se juntaron de nuevo, y que después se volvieron a separar. Esta variación en la cantidad de diferencias no se observa sólo a nivel del ADN en general sino también en genes específicos que codifican proteínas específicas. Por ejemplo, se sabe que numerosos genes que afectan el desarrollo del sistema nervioso son más distintos entre sí que el promedio de las diferencias entre humanos y chimpancés. Los darwinistas atribuyen esto a que dichos genes han sufrido “selección positiva”, pero no está claro por qué la selección positiva afectaría a los genes relacionados con la inteligencia en los antepasados de los humanos y no en los antepasados de los chimpancés. Es difícil imaginar que la inteligencia fuera adaptativa sólo para los humanos y sus ancestros. Por otro lado, las variaciones en el grado de diferencia entre los genomas no se observan únicamente en genes individuales o en partes de algunos cromosomas. La diferencia entre los cromosomas X de humanos y chimpancés es sorprendentemente pequeña si la comparamos con las diferencias que existen entre otros cromosomas y el mecanismo por el cual la selección natural podría causar algo así no resulta obvio, por lo que es necesario inventar retorcidas historias ad hoc para hacer encajar esta observación con las expectativas darwinianas.

Construir cosas diferentes utilizando partes similares

Existe una diferencia profunda en la forma cómo funcionan los genomas de humanos y chimpancés, y ésa puede ser la causa principal de por qué no producen organismos idénticos. Comprender esto requiere entender el papel de las proteínas en los seres vivos de una manera ligeramente distinta. El ADN codifica proteínas de forma parecida a como un libro de instrucciones define el tipo de tornillos y otros componentes que deben usarse en una máquina. Los mismos componentes se pueden combinar de maneras muy diferentes para fabricar distintos tipos de máquinas. Por ejemplo, si se perdiera el tornillo que mantiene unidas las dos partes de unas tijeras sería posible remplazarlo por otro tipo de tornillo. También es posible desmontar una máquina y usar sus partes, u otras muy similares, para fabricar un aparato completamente distinto. Por ejemplo, la ballesta de un automóvil, junto con algunos cables y tornillos, se podría usar para fabricar un arma (también llamada ballesta) funcional. ¿Qué tiene todo esto que ver con el genoma de humanos y chimpancés? Aunque resulta tentador atribuir las diferencias entre humanos y chimpancés a la diferencia entre sus respectivas proteínas, lo más probable es que las principales diferencias se deban a la manera como esas proteínas se combinan y se usan para dar lugar a los dos tipos de organismos. Esto es exactamente lo que se observa cuando se producen proteínas individuales a partir de información procedente del genoma de humanos o de chimpancés. Resulta que los genes se expresan de maneras muy diferentes en los diferentes primates, incluyendo humanos y chimpancés. Estas diferencias en la expresión génica parecen estar relacionadas con un subtipo de proteínas llamadas “factores de transcripción.” No debería sorprendernos el hecho de que los darwinistas atribuyan estas diferencias a la “selección positiva.”

No se trata solamente de que las proteínas se combinen de maneras diferentes para dar lugar a distintos tipos de criaturas; en el caso de humanos y chimpancés los genomas en sí mismos están organizados de manera diferente. Por ejemplo, durante la reproducción sexual, el ADN de los padres se mezcla de manera parecida a como se barajan las cartas para dar lugar a cromosomas únicos que pasaran a formar parte de los espermatozoides y los óvulos, y finalmente pasarán a la descendencia de la pareja. Cuando esto ocurre el ADN tiene que físicamente romperse en fragmentos y volver a unirse después. Se trata de un proceso complejo que no ocurre en cualquier localización al azar. Los lugares de corte que dan lugar a nuevas combinaciones de genes (recombinación) son distintos en los cromosomas de chimpancé y en los cromosomas humanos.

Resumen y advertencia

Así pues, ¿somos los seres humanos y los chimpancés básicamente idénticos? La respuesta dependerá en gran manera de las premisas filosóficas de quien se plantea la pregunta. Los porcentajes publicados respecto a la similitud entre los genomas de humanos y chimpancés carecen de precisión. Además, la forma en el que se interpretan los genomas impacta de manera profunda las conclusiones a las que se llega. Por último, la forma en la que la información codificada en el ADN se traduce en forma de proteínas y finalmente en seres vivos es muy diferente entre humanos y simios. Si se desea, se puede construir un argumento sólido destacando las profundas diferencias que existen entre el ADN de humanos y chimpancés. Por otro lado, es importante destacar que a medida que se publican más estudios sobre este tema, las diferencias parecen ser más importantes de lo que se creía hace apenas unos años. Sería absurdo, sin embargo, sugerir que los chimpancés no son más similares a los seres humanos que las ranas, los peces, las moscas o los pinzones. En cualquier conjunto de cosas, o de criaturas, algunas deben tener más aspectos en común que otras. La pregunta importante es qué conclusión debemos sacar de la presencia de tales similitudes y diferencias. Hay otro aspecto que debería servir como advertencia para todos aquellos que se precipitan en extraer y proclamar conclusiones favorables a su postura. Se trata de la manera imprudente en la que tanto darwinistas como creacionistas han usado los datos para defender sus ideas en el pasado. Por ejemplo, Uriah Smith afirmó en la portada de la Review and Herald que “Los naturalistas afirman que la línea que separa las razas humana y animal es imprecisa. Según ellos es imposible delimitar de manera precisa donde acaba lo humano y empieza lo animal.” Esta línea de razonamiento se puede encontrar también en afirmaciones posteriores como ésta de Dores Robinson, ayudante de Ellen G. White, quien escribió, “Cualquiera que observe al chimpancé, al gorila o al orangután no encuentra dificultad en creer que tengan un antepasado común con la raza humana… Resulta bastante más razonable creer que los simios descienden del hombre. . .” Por otro lado, al menos un darwinista, basándose en su comprensión del 98% de similitud, ha propuesto la espeluznante posibilidad de crear quimeras humano-chimpancé, “porque en estos días oscuros de anti-evolucionismo ignorante, con fundamentalistas religiosos ocupando la Casa Blanca, controlando el congreso e intentando tergiversar la enseñanza de la ciencia en nuestras escuelas, una dosis potente de realidad biológica resultaría de hecho saludable. Y ese es precisamente el mensaje que quimeras, híbridos o clones mixtos de ambas especies transmitirían de manera poderosa.” La Biblia es explícita acerca del lugar especial que ocupa la humanidad en la creación, “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” A causa de su propia naturaleza y porque “ahora vemos por espejo, oscuramente”, la ciencia no puede darnos respuestas definitivas acerca de la naturaleza de la humanidad, ya que sus conclusiones son siempre provisionales y sujetas al filtro filosófico a través del cual se observan los datos. A pesar de esas limitaciones es interesante destacar que existe una tendencia, evidente en numerosas áreas científicas de vanguardia: a medida que aumenta el conocimiento y se acumulan nuevos datos, las audaces afirmaciones del pasado que parecían contradecir la visión bíblica se están empezando a cuestionar mientras que las ideas consistentes con la visión bíblica parecen cada vez más sostenibles.

 

Fuente del artículo: http://grisda.org/espanol/ciencia-de-los-origenes/ciencia-2015-2019/ciencia-de-los-origenes-dec-2016/humanos-y-chimpances-son-994-identicos-o-no/

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Darwin y los Fueguinos 

por Raúl Esperante (PhD, Paleontogy, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)

Darwin pasó casi cinco años viajando a lo ancho del mundo durante la expedición científica del barco británico HMS Beagle, dirigida por el capitán Robert FitzRoy.1 Durante este largo viaje Darwin hizo observaciones sobre la naturaleza, grupos humanos y geología de los lugares explorados. Sus notas de viaje fueron publicadas en 1839 en su libro El Viaje del Beagle, y sus observaciones científicas fueron la base para la publicación de sus dos libros más conocidos, El Origen de las Especies (1859) y La Descendencia del Hombre (1871)…. LEER ARTÍCULO

¿Es el Homo Naledi nuestro “pariente”, “antepasado”, o “parte del árbol genealógico humano”?

por Ronni Nalín (PhD, Earth Sciencies, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)

El 10 de septiembre de 2015, un artículo de libre acceso en la revista digital eLife, presentó a la comunidad científica la adición más reciente de una especie al registro fósil homínido: Homo naledi. Esta presentación incluía la emisión de un documental de casi dos horas de duración producido por PBS y National Geographic titulado “El Amanecer de la Humanidad”, así como la entusiasta divulgación del sensacional descubrimiento por parte de los principales medios de comunicación… LEER ARTÍCULO

Humanos modernos y Babel

por Raúl Esperante (PhD, Paleontogy, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)

Cro-Magnon es el término francés utilizado por los paleoantropólogos para nombrar ciertos restos de seres humanos fósiles encontrados en algunos lugares en Europa. Los científicos ahora clasifican estos fósiles como Homo sapiens porque creen que las dimensiones físicas del Cro-Magnon no son suficientemente diferentes de las de los seres humanos modernos como para tener una designación separada. Así los científicos evolucionistas los consideran como primitivos humanos modernos que vivieron hace 40.000 a 10.000 años, durante el llamado Paleolítico Superior Europeo… LEER ARTÍCULO

Los Neandertales construían casas con huesos de mamut

por Raúl Esperante (PhD, Paleontogy, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)

Durante décadas, la mayoría de los investigadores han descrito a los neandertales como grupos nómadas que vagaban en busca de grandes animales para cazar, cosechaban frutos comestibles, y se escondían en cuevas. Se pensaba que carecían de lenguaje y que no habían desarrollado prácticas culturales o artísticas. Sin embargo, nuevas investigaciones han demostrado que los neandertales alcanzaron niveles sofisticados en el arte, la cocina y la tecnología , y que eran genéticamente similares a los humanos actuales… LEER ARTÍCULO

La Edad de Piedra

por Ronni Nalín (PhD, Earth Sciencies, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)

¿Qué es la llamada ‘Edad de Piedra’ de los seres humanos? ¿Existieron realmente los hombres de las cavernas? Existen imágenes que muestran cómo esos seres humanos primitivos cazaban mamuts. ¿Es posible que esos cazadores primitivos destruyeran todas las poblaciones de mamut?  Estas preguntas giran en torno a tres temas a menudo asociados con los humanos prehistóricos: los artefactos de piedra, las cavernas y pinturas, y la caza de los mamuts. Aquí revisaremos brevemente algunas de las evidencias para cada uno de estos temas y extraeremos algunas lecciones generales aplicables a aquellos interesados en el estudio de los orígenes… LEER ARTÍCULO

¿De dónde provenimos los seres humanos?

por Ronni Nalín (PhD, Earth Sciencies, Geoscience Research Institute, Loma Linda, California)

¿Cómo decidimos qué es un ser humano? Un enfoque simple es definir la humanidad sobre la base de características anatómicas. Sin embargo, cada especie viviente muestra variabilidad de rasgos morfológicos. Cuando se compara con otras especies de primates existentes, la métrica del esqueleto de los seres humanos modernos parece ser más bien homogénea. Ciertos fósiles quedan fuera de este limitado espectro moderno de variabilidad, y no hay un consenso claro sobre los criterios diagnósticos que deban determinar si serán considerados seres humanos o nos… LEER ARTÍCULO

Buscando a los antepasados de Adán

por Elaine Kennedy (PhD, University of Southern California)

Los biólogos evolucionistas están convencidos de que los seres humanos descienden de criaturas semejantes a los simios. A pesar de las diversas discusiones acerca de las teorías de los linajes simiohumanos, los paleoantropólogos están de acuerdo con ellos. La respuesta cristiana a estas afirmaciones ha sido variada. Algunos cristianos concuerdan con los hombres de ciencia en cuanto al origen de los seres humanos pero sostienen que en algún momento en el pasado los seres humanos adquirieron un alma inmortal, sentido moral y/o la habilidad de razonar. Otros, incluyendo a los adventistas, aceptan el relato del Génesis como el registro de un evento histórico… LEER ARTÍCULO